jueves, 10 de abril de 2008

Franz Schubert – Quinteto D.956 (Bernard Greenhouse / Julliard String Quartet)

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Más música de cámara. Schubert compuso el quinteto D.956 (La D es por Otto Erich Deutsch, quien catalogó todas las composiciones del compositor) dos meses antes de morir. La decisión de utilizar dos cellos en detrimento de la segunda viola (Boccherini es otro compositor que hizo lo mismo) confiere a la obra una cualidad más grave, nocturna, misteriosa. Esto es el siglo XIX, cuando las levitas y los bigotes poblaban Europa.

Este quinteto está inspirado en el tercer quinteto para cuerda de Mozart. Los cambios y la irregularidad recuerdan mucho. Brahms, a su vez, se basó en la pieza de Schubert para componer su propio quinteto en Do menor/mayor. Por pasos:

1. Allegro ma non troppo: El primer movimiento, el más largo de los cuatro, comienza, tras una breve introducción, de forma atropellada – todo ello suficientemente dramático. A los dos minutos, una melodía inmediatamente reconocible que se sostiene con un acompañamiento de un número muy limitado de notas. Lo reiterativo juega aquí de forma interesante con las líneas melódicas principales; ideas que se van desdoblando y reapareciendo. Es difícil definir el sentimiento general de este movimiento: cambia constantemente, es casi diletante, pero nunca incoherente, gracias en parte a los acompañamientos antes mencionados. Este movimiento (toda la composición en general) no explora todo el espacio que ofrece un quinteto, sino que se decide por una linealidad que permite unos juegos más basados en la melodía que en las relaciones entre voces.

2. Adagio: El famoso segundo movimiento comienza con una tranquilidad nocturna, rota a los cuatro minutos y pico por una zona oscura (y otra vez reiterativa) interpretada por el cello, mientras que el violín acompaña con una melodía preciosa. La sección siguiente es donde Schubert más extensamente explota las posibilidades de las cinco voces, que poco a poco se van desmembrando hasta crear una escena más íntima. Muy desconcertante ese principio y final rotos por una parte central lóbrega, casi hostil.

3. Scherzo. Presto – Trio. Andante sostenuto: De nuevo, como en el primer movimiento, sentimientos variados en motivos musicales que se repiten. Es un movimiento muy excéntrico, y las repeticiones me recuerdan a veces a las que introduce caprichosamente Erik Satie.

4. Allegretto: Y después de toda esa gravedad romántica con toques de delirio, llega Schubert y planta un bailable allegreto al final de la composición. Tantos cambios de humor marean, aunque son típicos de Schubert. Y para cerrar, una disonancia y un cierre dramático que en unos segundos parece negar los nueve minutos anteriores.

El otro día hablaba mi amiga Ramachandran, que es una ameba (¿las amebas tienen sexo?), sobre lo prolífico que fue Schubert. Morir a los 31 años y haber compuesto unas mil piezas no está mal. ¿Cómo se nota esta actividad a la hora de componer? En este quinteto al menos, se observa una inquietud enorme, con saltos entre ideas, hiperactividad; controlada, eso sí, por el talento. El esfuerzo que hay que hacer como oyente no es pequeño, esta obra parece más simple de lo que es en realidad. Uno corre el riesgo de escucharla y quedarse con ciertas secciones solamente, cuando creo que lo realmente interesante es ver cómo se acaba hilvanando todo. No se queden en la unidad. Ramachandran, la ameba, estará de acuerdo.

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